jueves, 18 de junio de 2009

Algo inesperado.


Llegaba el gran día, el examen definitivo que decidiría si Kailer aprobaba esa asignatura o, de lo contrario suspendí.
Fueron pasando los días y aún no había abierto aquél libro, siempre que lo iba a hacer la entraba pereza, o tenía otras cosas que hacer y entonces pensaba: "Estudiaré mañana".

La anterior noche del examen Kailer se quedó estudiando, pero al ver que no era capaz de retener ni una sola frase completa en su memoria, decidió hacerse una chuleta. Era diminuta, casi ni se apreciaban las palabras pero, por otro lado, era perfecta para esconderla sin que la profesora se diese cuenta. Cuando Kailer acabó de escribir toda la lección en aquél diminuto papel, decidió irse a dormir.

Kailer llegó a clase muy tranquila, sin nervios, segura de que ese examen sería muy fácil para ella, al menos si su plan no le fallaba.
Cuando comenzaron a repartir las hojas de los exámenes, Kailer puso la chuleta, con cuidado, entre dos de ellas. Apenas le había dado tiempo a escribir su nombre cuando la profesora arrancó el examen de sus manos, descubriendo el dichoso papel que la llevó directa al suspenso.
Se quedó inmóvil mientras observaba cómo la profesora se dirigía a su mesa junto con el examen. Y entonces una inesperada lágrima resbaló por el rostro de Kailer hasta que se detuvo en su barbilla indecisa. Y entonces, impulsada por el dolor, dio un salto al vacío. Vio cómo la profesora la ponía un perfecto cero redondo y rompía la chuleta que tanto trabajo la costó hacer en trocitos enanos.

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