Era un día de pleno invierno, con un intenso frío que se colaba por debajo de la ropa hasta llegar a la piel apenas sin darse cuenta. Uno de los típicos días que solo apetece quedarse refugiada en el calor de tu hogar, pegada al radiador, casi abrasándote.
Odio esos días, esos odiosos días en los que no te apetece hacer nada o no lo puedes hacer porque hace demasiado frío al otro lado de las ventanas.
Sales abrigada, con tantas capas de ropa que pueden hasta llegar a confundirte con una cebolla, pero nunca es suficiente, siempre vas a tener frío.
Definitivamente, odio el invierno.
