En el calendario que Kailer tenía colgado en la pared de su habitación, lo tenía todo apuntado. Cada mirada, cada beso, cada caricia, cada palabra y cada sonrisa, y todo en su fecha exacta.
Cuando todo se acabó, Kailer intentó borrarlo de su cabeza, era lo mejor que podía hacer para olvidarse de él pero, cada vez que entraba en su cuarto y veía aquél calendario lleno de recuerdos, todo volvía a entrar en su memoria sin dejarla pensar en nada más que en esa persona que, en su momento, la hizo tan feliz. Arta de esa sensación, Kailer tenía dos opciones: no volver a entrar a su cuarto, o bien, destruir aquél odioso calendario. Como es lógico optó por la segunda opción.
Kailer lo cogió, y con ayuda de unas tijeras, lo hizo pedazos. También destruyó todas esas fotografías y ese dichoso cuadernillo en el que tenía escrito todos los instantes juntos con el más mínimo detalle.
Poco después, su cuarto estaba inundado de pequeños trocitos de papel con palabras sueltas, con trozos de prendas de vestir y con diferentes colores. Kailer los recogió todos, sin dejar ni uno solo y los arrojó por la ventana. Algunos caían lentamente volando de un lado para otro, otros simplemente caían en picado, pero todos acababan estrellándose contra el frío suelo y más tarde iban desapareciendo gracias a la brisa que soplaba.
Kailer hizo eso para olvidarse de todo, pero lo que ella no sabe es que los recuerdos no desaparecen arrojándolos por la ventana, si no que los recuerdos desaparecen con el tiempo.


