
Después de una larga noche con mis amigos y grandes cantidades de alcohol u nicotina, regresé en autobús a mi casa, como de costumbre. Me sentía un poco mareada, a si que apoyé la cabeza contra la ventana. Me entretenía enervando los árboles, los edificios y los coches pasar. Estaba impaciente por llegar a casa y tumbarme sobre la cama para poder descansar. Cada momento que pasaba me encontraba peor. Tenía miedo de que mi familia notara que había estado bebiendo, porque no depositarían la misma confianza en mí y posiblemente me castigarían. El autobús comenzó a acercarse a la parada que estaba en frente de mi casa, a si que me levanté de mi asiento como puede y pulsé el botón rojo para solicitar la parada. Cuando el autobús se detuvo, bajé de él y crucé las calles estrechas y oscuras hasta llegar a mi portal. Metí la llave en la cerradura, llamé al ascensor y pulsé el número de mi piso, después abrí la puerta de casa y fui directa al baño. Aún sentía un fuerte mareo y me encontraba aturdida... Me refresqué un poco con agua fría y me dirigí a mi cuarto. Me desplomé rendida en la cama y, sin haber cenado, me quedé dormida. A media noche me desperté con un mal sabor de boca y con la garganta seca, a si que fui a beber agua y después a lavarme los dientes, me bebí una botella y media de agua. Cuando terminé me volví a la cama y me quedé dormida. A la mañana siguiente cuando me desperté, hice lo mismo que a media noche, pero esta vez notaba un insoportable dolor de cabeza, entonces me fui a tomar una aspirina. Pensé que una ducha de agua fría me sentaría bien, a si que me metí al baño, me desnudé y entré en la bañera. Cuando me estaba aclarando el pelo, sentía como me temblaban las piernas pero, pensé que se me pasaría y continué duchándome. A continuación empecé a ver todo negro, era la misma sensación que cuando te levantas de la cama a oscuras y de pronto entras en una habitación con demasiada luz. Cada vez veía el cuarto de baño más y más negro hasta las piernas me fallaron y caí al suelo de la bañera. De pronto oí una voz: “¡¿Qué ha pasado hija? He oído un fuerte ruido, ¿estás bien?!” Era la voz de mi madre preocupada. Cuando reaccioné, contesté débilmente “¡Sí mamá, no te preocupes, estoy bien!”. Me di cuenta de que estaba en el suelo de la bañera, me dolía la cabeza, y es que me habría golpeado al desmallarme. Me levanté y salí de la bañera, aún me temblaban las rodillas. Me enredé en una toalla, me senté en la taza del retrete y llamé a mi madre para contarla lo ocurrido. Me aconsejó que metiera la cabeza entre las rodillas, y poco a poco el mareo fue desapareciendo. Llamamos al centro de salud para hablar con mi doctor. Entramos en la consulta y el médico mando esperar fuera a mi madre, cuando solo estábamos él y yo me dijo: “Se que has estado bebiendo, si vuelves a probar una sola gota de alcohol sufrirás una muerte lenta y dolorosa”. Me quedé anonadad, todo el cuerpo me temblaba. Y desde aquél mismo momento, ni una sola gota de alcohol se ha vuelto a deslizar por mi garganta. Pero, ¿hasta cuando podré resistir?